Terapia Sexual

Terapia Sexual

En este artículo voy a asociar dos conceptos: Terapia y sexual.

Cuando hablamos de terapia en términos psicológicos nos referimos a la psicoterapia, por lo que para evitar confusiones acerca de que tipo de tratamiento se lleva a cabo frente a un problema que corresponda al dominio erótico, prefiero denominarla psicoterapia sexual.

La interpretación de las causas y manifestaciones de los conflictos que afectan los comportamientos sexuales de las personas están claramente relacionados con las épocas históricas y de los conocimientos antropológicos, científicos, y sociales disponibles. No existe sociedad alguna que no haya regulado de alguna manera los comportamientos sexuales, desde la horda primitiva hasta el presente. Tabús, mitos, religiones, códigos legales, cumplen la misma función, afirmar que es lo permitido y lo prohibido.

Hacia fines del siglo XIX. Aparece la palabra sexología.

El problema central en ese tiempo se radicó en las llamadas perversiones y en la psicopatología de las consideradas desviaciones sexuales.

En la sexología contemporánea, en cambio, el foco se desplazó hacia la presencia o ausencia de deseo, satisfacción sexual y orgasmo.  Estableciendo la disfunción sexual como denominador común para todas las alteraciones que afectaran este ciclo “supuestamente” normal.

Una vez establecido y aceptado este modelo se desarrollaron terapias específicas, llamadas sexuales, para corregir las alteraciones del comportamiento erótico de acuerdo con un modelo médico instaurado desde las investigaciones de Master & Johnson en la década del 60.

Con el paso del tiempo y el desarrollo de nuevas teorías y prácticas psicológicas que se centran en el individuo y sus relaciones, se pasó de las alternativas simples y mecánicas a otras más complejas, donde se comprenden e integran las relaciones afectivas y emocionales que son el sustrato básico de la vida erótica de los sujetos.

La psicoterapia sexual de hoy se define como un conjunto de prácticas terapéuticas que se caracterizan por trabajar sobre un motivo de consulta concreto, focalizado y en un breve período de tiempo.

Se basa en estrategias tales como: La facilitación de la comunicación íntima, la reducción de ansiedad a través de técnicas específicas que se enseñan a los pacientes, el enriquecimiento de los contactos eróticos y la resolución de los síntomas que dificultan el proceso de dar y recibir placer, tanto como cuando afectan al sujeto como a la pareja.

En ese camino es relevante que el paciente revise y comprenda cuáles son los modelos que ha aprendido a lo largo de su vida y que lleva consigo en forma consciente o inconsciente. Los modelos no son únicos ni generales, dependen de la formación que cada persona ha tenido en su desarrollo: de la familia, la educación y las experiencias por las que ha pasado. Pueden ser rígidos o flexibles, cuanto más rígidos mayor será la auto demanda sobre el cumplimiento y también mayor la exigencia sobre sí mismo y el rendimiento.

Hay que entender que cualquiera que sea el síntoma sexual que presenta el individuo este se inserta dentro de pautas de interacción con otras personas (aún cuando ellas aparezcan solo en fantasías), no es un acto solitario, sino que influye en la relación en su conjunto y a su vez es afectado por ella. Esta afirmación es válida para cualquier pareja con independencia de la orientación sexual que tenga.

Si algún avance significativo han tenido las ciencias humanas en la última década lo ha sido en el campo de las neurociencias, lo que nos permite entender cada vez más las bases cerebrales sobre las que se sustenta complejidad evidente de los comportamientos.

El hecho de que realicemos una terapia pragmática, en el sentido de que se buscan resultados objetivos visibles a través de los cambios positivos que va experimentando el paciente, no significa que se pierda el sentido emocional de ese cambio. Eso nos diferencia básicamente de quienes centran todo su accionar en una base farmacológica endeble, la llamo endeble porque aún no existe ningún medicamento que sane (en el sentido de cura) una disfunción sexual cuando ésta carece de una causalidad definidamente orgánica, que es lo que sucede en la mayor parte de los casos. La sexología, entendida de esta manera es una acción directa sobre el problema, donde el sentido del síntoma para el paciente desaparece. Puede funcionar o no, porque ningún medicamento es invariablemente exitoso.

Llegar a una terapia nunca es una decisión menor o intrascendente, por lo general se hace porque las personas están inmersas en un conflicto individual o relacional que no logran superar por sí mismos.

La inversión en dinero, tiempo y energías es alta para desperdiciarla. Y un fracaso terapéutico es decepcionante porque quita la motivación y disminuye la creencia en que el cambio es posible

Todo paciente, cuando acude a un especialista, tiene la expectativa de que este le brindará lo mejor de su conocimiento y experticidad para ayudarlo, pero en ocasiones sucede lo contrario y se ejerce lo que llamamos iatrogenia, que es el daño causado por un procedimiento médico y también psicológico inadecuado.

Los problemas sexuales requieren, para ser resueltos con eficiencia, de un acabado conocimiento de los factores intervinientes, para evitar que el esfuerzo y expectativa de los pacientes pueden conducir a una temprana frustración.

Una buena terapia se diferencia de otra mediocre en base a distintos factores. Pero la base está en quién y cómo la realiza.

No es este el lugar para debatir sobre teorías y prácticas psicológicas, cada una de ellas establece una visión sobre el sentido de los síntomas y los mecanismos para su resolución. Cada profesional capacitado es capaz de ayudar con su experticia a quienes lo consultan y confían en ellos.

Cada vez que un paciente –solo o en compañía- demanda de asistencia profesional, deposita en ella una cuota alta de expectativas, que si son frustradas por un mal manejo clínico, establece una pérdida de confianza en sí mismo y en los recursos de los expertos.

Todas las terapias tienen indicadores de éxitos y fracasos, y ellos dependen tanto de la experiencia y la responsabilidad de los clínicos, como de la motivación y persistencia de los pacientes. Si se suman estos dos atributos positivos el éxito, representado por la solución del problema, será posible y factible.

Por Roberto Rosenzvaig