Bajo Deseo sexual

Bajo Deseo sexual

Deseo sexual 

PARECE CIERTO, por lo menos en la práctica clínica, que cada vez son más las personas que consultan por dificultades con su deseo sexual. Vamos a entender aquí a las expresiones amorosas que culminan en una relación sexual, aunque sería por lo menos torpe excluir a aquellas otras que conllevan ternura, caricias o besos que no tienen por qué terminar obligatoriamente en una cama. Si elijo a las primeras es porque quiero ejemplificar a través de ellas el problema a que se hace referencia.

Este tema tiene sus aristas, porque no hay ningún manual ni código de procedimientos que diga con qué frecuencia debe expresarse el deseo sexual para ser considerado normal. El único parámetro que se puede tomar como referente es la frecuencia estadística que declaran las parejas que conviven, que resulta entre dos a tres veces por semana. Es obvio que las cifras nada dicen sobre el grado de satisfacción obtenido en esas relaciones ni sobre la decisión mutua de comprometerse eróticamente en la relación. Pero aun así es posible hacer algunas consideraciones sobre las parejas que se apartan extremadamente de esta media y los significados que adquiere ese hecho para ellas.

Repito que no se trata de adaptarse a una estadística para sentirse armónico consigo mismo y con la pareja, sino de entender el modo en que esta circunstancia puede convertirse en un conflicto.

Generalmente el bajo deseo sexual se señalaba mayoritariamente en las mujeres o por lo menos se decía que lo expresaban en menor grado que su compañero. Hoy, esta afirmación no se sostiene y esta perimida. Aunque aún circulan los varones ávidos, perseguidores, siempre listos para una relación sexual, con vocación de actores pornográficos, no representan al varón medio chileno.

 

Nos encontramos hoy, cada vez con mayor frecuencia, con una situación es inversa, donde son los varones los que no muestran un deseo sexual frecuente y explícito, donde son ellas las que deben buscar la relación, las que tienen que sugerir, proponer o insistir para que algo suceda, y las que se exponen a un rechazo ante la demanda.

Distintas son las causas a las que se puede recurrir como explicación del hecho. Se puede hablar de estrés, depresión, uso de medicamentos psiquiátricos, como factores que comúnmente afectan el deseo. Más allá están los conflictos de pareja, los rencores, las agresiones que difícilmente pueden ser olvidadas en la cama. ¿Y si todo ello está en orden? ¿Qué sucede si ninguno de los factores mencionados se encuentra presente? Me refiero a aquellas parejas donde no existen perturbaciones evidentes en la vida cotidiana; donde hay respeto, comunicación, ternura, caricias. Pero todo hasta allí, sin pasión amorosa.

Ante los ojos de los otros ellos parecen casi perfectos, porque este no es un tema que se ande divulgando en reuniones de amigos, en todo caso se reservará a la confidencia con alguna persona muy cercana. Las mujeres que he conocido en la práctica clínica con este problema llegan angustiadas y confusas, no entienden la baja frecuencia sexual que les impone su pareja, se han cansado de reclamar y buscar. Las hipótesis que barajan para explicar la situación son más o menos idénticas: otra mujer, pérdida de interés sexual por ellas, o una oculta identidad homosexual de su pareja.

Sus reacciones van desde la rabia más aguda a la depresión por sentirse rechazadas y carentes de valor erótico. Se miran a sí mismas como responsables del desapego sexual de sus parejas. Ante la situación aparecen varios escenarios. El primero, dominado por el rencor, se dramatiza en el deseo de separarse, de colocar distancia entre ellas y el que se ha colocado como involuntario verdugo de sus deseos. Sin embargo, esta no es una decisión sencilla porque en realidad se llevan bien, tienen una buena familia, no hay confrontaciones. Separarse en estas condiciones parece irracional y hasta ridículo para una mujer. Se sienten avergonzadas y absurdas teniendo que explicar al mundo que se separan porque ese ser tan perfecto que todos estiman (empezando por su propia familia) sólo desciende de su Olimpo de abstinencia unas 15 veces por año.

El segundo escenario se plantea cuando la soledad de no sentirse deseada o rechazada se pone en crisis frente al interés que otros expresan por esta mujer insatisfecha. El amante acecha a la vuelta de la esquina, porque hombres disponibles siempre existen. El tercer escenario pasa por aceptar ese estado de cosas y valorizar lo que se tiene más que lo que falta. Al fin y al cabo, el sexo no es tan imprescindible, se dirán las que tomen este camino.

El cuarto, y probablemente el más difícil, es confrontar la situación con la pareja, no como reclamo de pasiones insatisfechas, sino como proyecto de vida conjunto, llevando al otro a un grado de conciencia del efecto que esta situación produce, y a una responsabilización por el desinterés crónico. Cuando se transita este último camino no hay garantías de éxito o de cambios mágicos, pero ofrece a ambos la posibilidad de entregar el máximo de esfuerzos para sostener la pareja sin negar ni escamotear el peso que la casi ausencia de relaciones sexuales tiene en el devenir de ambos.

Los acuerdos que una pareja toma pueden ser múltiples y diferentes, pero son acuerdos y no imposiciones, este es el eje principal del trabajo de cambio. Para terminar este capitulo, quisiera ofrecer una síntesis de lo dicho, presentado en una clasificación de los grupos en que se dividen a las personas afectadas por un descenso o ausencia de su deseo sexual:

En primer lugar están aquellos o aquellas que jamás se han sentido muy sexuales, ni han creído que el sexo sea un elemento importante en sus vidas; a lo largo de su existencia han pasado por largos períodos de abstinencia y soledad. Se casan con la secreta esperanza de que esta particularidad no ocasione mayores conflictos, pero suelen equivocarse eligiendo a personas con deseos sexuales fluidos lo cual tarde o temprano llevará a dificultades en el matrimonio.

En segundo lugar están los que por una formación familiar o religiosa muy represiva o por haber padecido una experiencia particularmente traumática, se han convencido de que el sexo es algo oscuro y sucio por lo cual hacen todo lo posible para evitarlo, cuando ocasionalmente aceptan las relaciones sexuales estas ocurren rápida y mecánicamente sin placer asociado a la experiencia.

En tercer lugar aparecen los que luego de un período en el cual disfrutaron de buenas relaciones sexuales han caído en inapetencia coincidiendo con una pareja en crisis, la falta de deseo revela en este caso la profundidad del desacuerdo.

En cuarto lugar se muestran las que a través de la falta de deseo revelan en forma inapelable el rencor y la rabia acumulada por una pareja donde el sometimiento ha sido la norma.

El quinto grupo coincide con aquellas personas que sufren de un proceso depresivo que anula sus capacidades de disfrute, no sólo del sexo, sino de la vida misma.

En sexto lugar aparecen los o las “trabajólicas” que todo lo hacen en pos de sus metas de progreso económico sin darse cuenta de lo que dejan en el camino, su vida de estrés permanente afecta el deseo. En este grupo se sitúan las parejas de jóvenes con pocos años de matrimonio, involucrados en una carrera de ascenso laboral vertiginoso, en jornadas laborales interminables que muchas veces continúan en la propia casa.

En séptimo lugar están los que han encontrado otro destinatario (a) del deseo erótico, y no es que carecen del mismo, sino que su objeto de deseo ha cambiado.

En octavo sitio, que tal vez debiera colocarse en el primero por su carácter común, está el grupo que no desea por frustración, por desatención o simplemente por no sentirse queridos; este no es un fenómeno exclusivo que afecta a mujeres porque refleja a todos los que recuerdan una historia de amor y erotismo que se fue apagando con el tiempo; la química sexual que unía a la pareja se ha desvanecido. Todos coinciden en sentir que el encuentro sexual termina por ser una exigencia a la que deben someterse para evitar males mayores o enfrentamientos personales.

Frente a la ausencia de deseo la más malsana de las reacciones es la presión, la recriminación o el enojo, de ellas solo surgirá mayor resistencia y dolor. Hay que entenderla como una reacción vivencial que representa un evidente alejamiento o un modo inconsciente de mostrar los conflictos personales o de la relación; por ello es que la falta de deseo siempre debe ser tenida en cuenta y evaluada como un factor de riesgo tanto para la armonía individual como de la pareja. No hay que confundirse atribuyendo esta carencia a bruscos desniveles hormonales, ni aceptar remedios mágicos para el desamor. Dice un refrán popular “donde fuego hubo cenizas quedan” y aunque reavivar las cenizas dormidas no es una tarea sencilla, con dedicación, tolerancia y ayuda es posible lograrlo.

Por Roberto Rosenzvaig